PARTE 2 - CAPITULO 4 - "INDIA"
- magaymillennial

- 22 mar 2021
- 3 Min. de lectura
Mi cuerpo estaba revolucionado y excesivamente estimulado.
Aterricé a las 22 hs y no me animaba a salir del aeropuerto. “Sos mujer, cuídate. No es necesario salir ya” me dije. No tenía nada reservado en mi ser como para lidiar con tanto al mismo tiempo. No podía congeniar ni el inglés indio, ni los carteles, ni qué comer o tomar. No entendía los aromas. Solo me limité a conseguir wifi, avisar que llegué a personas que ni siquiera sabían bien dónde estaba pero el intercambio me tranquilizó. Dormí allí rodeada de personas en una situación de desorientación similar.
Me puse una meditación para dejar de presionarme por intentar comprender. Mucha autoexigencia innecesaria pero que me sirvió para entender mis limites y no darme la espalda. Eso también, para mi, era conocerme.
5.30 am abro los ojos. Fui al baño a higienizarme un poco antes de la aventura en la que ya tenía un pie adentro. Una chica francesa me mira con la misma mirada con la que yo me dirigí a ella mientras intentábamos hacernos un rodete desprolijo pero que indicaba que estábamos listas para la acción. Nos pedimos ayuda visual.
Estaba en un momento de mi vida que necesitaba probarme constantemente. Estaba empecinada en ganar identidad. Toda emoción estaba siendo escrita porque el registro era mi clave para madurar frente al espejo de las palabras que siempre me acompañarían.
No tenía mapa ni datos en el celular. Solo tenía la confianza ciega en la chica francesa con una mochila mas grande que la mía llena de pulseras con hilos de colores desteñidos de tantos aeropuertos. Ella iba a la misma estación que yo tenía que ir. La seguí porque decreté que estaba mas organizada para la aventura. Eso sí, en el momento que estábamos en el subte, mi cuerpo existía con el de ella pero mis ojos estaban puestos en ese sol fuera de foco color rosa y naranja furioso del amanecer que indicaba un gran día por delante.
Nos separamos cuando bajamos en la estación y nunca mas la volví a ver.
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Fueron casi 2 meses que estuve recorriendo el norte de India. Bolsas de dormir en el desierto vacío de cualquier preconcepto, ciudades profundamente gitanas, animales con una libertad salvaje civilizada, miradas descalzas, corazones fervientes con la llama sagrada de la muerte, pasión por lo sagrado y mantener viva la cultura. India te amé.
Fueron los meses mas contradictorios de toda mi vida. Todo ese tiempo aprendí, principalmente, la habilidad de ser paciente.
Aprendí la paciencia en un alborotado caos proporcional a una fe avasallante. Yo veía constantemente cómo creían, cantaban y rezaban a Ganesha, un dios con cara de elefante, 4 brazos y piernas humanas cruzadas. “Hola Hinduismo, te huelo, te escucho, te siento” me repetía cada día con campanadas de felicidad en mi alma. Se me había encarnado muy adentro esa religión desde el principio. Sentí que me estaba cambiando la vida porque estaba ganando una fe deseante hacia mi persona y dejando de lado el caos interno tan escuchado. Estaba dandole de comer a mi vida.
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Estaba confundida porque en Maui me había sentido muy plena, y me daba cuenta que, a medida que respondía a mi llama interna, de repente también, me adaptaba. Es decir, estaba empezando a tomarle mas aun el gustito a tomar las decisiones que mi intuición guiaba porque siempre me sentía plena.
El poder de moldearnos según nuestro contexto. La elasticidad del ser humano es de no acabar.
“Cómo sigo?” Me pregunté.



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