NEFELIBATA- CAPITULO 4
- magaymillennial

- 21 dic 2020
- 2 Min. de lectura
Todos me preguntaban si no me daba algo el hecho de estar destruyendo la vida perfecta que tenía.
La-vi-da-per-fec-ta. Esa vida cargada con una mochila llena de conceptos existenciales poco aggiornados y poco cuestionados. Esa vida que yo quise tener, también. La que alimenté con mucho amor durante años.
Estaba aprendiendo que la vida es liviana. Es sin mochilas (pero ahí no lo veía así).
Estaba a punto de irme al medio de una isla sola. Era mi única salida de emergencia. El único norte palpable de mi “brújula empañada” (concepto bastante útil y típico que suele usar mi padre).
“¿Qué es hacer las cosas bien para mi? ¿A costa de qué?” eran las preguntas principales del manifiesto que empezaba a encabezar mi propia religión. La religión de la intuición.
Eso que no había podido verbalizar durante unas semanas, empezaba a encabezar mi batalla mental, con un manto simple, tibio y sedoso que manifestaba: “salí de donde no estás bien”.
Me animé: renuncié a mi trabajo. Ese trabajo que había comenzado para “financiarme la carrera” a los 18. Ese trabajo que me dio la fortuna y la belleza de conocer qué es tener un jefe, qué es trabajar con gente de diferentes edades y distintas realidades. Ese trabajo que supo ser las bases seguras para yo poder tener mis aventureras experiencias laborales en otros espacios totalmente libres de obtener algunas monedas a cambio. Ese trabajo que duró casi todos mis veintis y que me enseñó que ahí no era. Eso fue un regalo.
Me animé: se lo conté a mi familia por videollamada. Estábamos a 500 km. Silencios. Días sin hablar. Entendimiento (entre comillas). Respeto. Y se asomaba un inocente apoyo que luego aprendió a ir madurando.
Me animé: se lo conté a Gastón. Tuvo que ser con una amiga de por medio en esa cena de pastel de papas casero hecho con el ingrediente que mas reinó esa noche: el amor. Esa amiga que fue la musa del destino elegido. Esa amiga que fue mi escudo en mi propia guerra civil mental ante “las cosas sin saber cómo decirlas” que tenía en la cabeza.
El amor libre habitó la mesa. Esa fue nuestra cosecha, mi mayor cosecha de esa relación con Gastón que tanto quiero.
Dolor y amor a la vez. Demasiado sentir para dos personas que son solo un punto infinito de energía en la Tierra.
Ya había empezado a caminar hacia el cambio. Todo era tan vertiginoso y estupendo que no lo podia creer. No tenía idea todo lo que estaba esperándome. La maravilla de hacer voz decisiones como himnos de la vida.



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