NEFELIBATA- CAPITULO 3
- magaymillennial

- 16 dic 2020
- 2 Min. de lectura
Solía escabullirme en recuerdos, cartas guardadas que intercambiaba con amigas del colegio y en mis anotaciones en el diario íntimo de cuando era bien chica. Era como una especie de terapia para no olvidarme el camino recorrido en casos de crisis (imagínese un vidrio que hay que romper con un martillo y que desprende un manto de papeles protectores perfumados de recuerdos).
En mis escritos siempre estuvo la frase “ahorrar para irme de viaje”.
En ese momento donde todo era incendio mental, con Gastón decidimos tomarnos unas vacaciones a Uruguay.
No sólo estuvimos mochileando la costa uruguaya en búsqueda de distracción ante la realidad porteña sino que también lloraba.
Veía la fluidez del mar, yo lloraba. Estábamos en el hostel más divertido, yo lloraba. Caminatas silenciosas, yo lloraba. En la calidez de la carpa, yo lloraba.
Nadie me hacía nada, yo me hacía todo.
Ahí comencé a darme cuenta la fuerza de mis pensamientos y el poder que yo tenía sobre ellos.
Yo pensaba que eran las vacaciones laborales anuales lo que yo necesitaba (como todas las que había tenido hasta ese momento). Ese pensamiento nacía bajo la lógica de evadir las cosas, que mencioné anteriormente. Esa lógica automática como mecanismo de negación ante el atisbo de un cambio. Claro, a eso lo entendí después. Yo estaba con la cabeza incendiada y adentro de un vaso con agua.
Después de un mes de vacaciones low cost, la vuelta a casa tuvo otro gusto y yo me traje un souvenir: la decisión de mi vida. La sentía internamente pero no me atrevía a verbalizarla. Tenía mucho miedo.
Pasaron 3 semanas de consultorio fijo con mis más amigas, barajando hipótesis, haciendo de todo para ver si había algo por hacer y quedarme.
Compré pasajes desde la computadora de mi trabajo. La crisis era tal que no podía esperar a hacerlo desde mi casa. No pensaba ni un poco si tenía ahorros, si podía pedirle ayuda a alguien, si me iba a sentir bien sola, si el destino no era exageradamente lejos.
Por ahora, todo eso era mi secreto y mi bocanada de aire. Automáticamente todo mi presente comenzaba a teñirse de un pasado nostálgicamente difícil de duelear.



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